Por: Melissa López

Las vías del tren y el sol le regalan un destello de ardor a la mirada. Una camiseta roja, pantalones oscuros, zapatos desgastados y una mochila vieja sobre los hombros.

José es originario de León, Guanajuato y tiene 43 años, de los cuales lleva 22 vagando por las vías.

Días sin comer. Lo único que trae en el estómago es un hot-dog del Oxxo y agua. Le duele la cabeza, tiene los ojos llorosos y un poco temblorosas las manos.
Busca refugio a la sombra de una fábrica abandonada.


“Allá había muchos gritos y golpes, golpes de la vida”. Su papá era alcohólico. Su mamá, una ama de casa. Es el tercer hijo de cinco hermanos. Desde muy pequeño comenzó a trabajar y conforme pasaban los años trabajar era más y más duro. Un mes de junio decidió buscar su suerte.

“La situación por aquellos lados estaba muy mala, ahora no sé, pero en mis tiempos no había ni para comer”.

Desde pequeño escuchaba como las personas se subía a los trenes y encontraban una mejor vida. Jamás supo donde se estaban todos ellas.

El día que decidió irse le fue difícil. Veía vagón tras vagón y no entendía como tantos hombres subían y bajaban con tal ligereza.

Cargaba con 3 pantalones, algunas camisetas y una chamarra por si el frío se hacía presente. Esas horas trepado y escondido en una esquina del vagón, que en realidad parecía un frigorífico, han sido las más confusas de su vida. La gente iba hecha bolita con sus periódicos o cobijas. Todos con cara de medio muertos.

Se quedó dormido algunas horas. Cuando despertó le habían robado la cartera, la gorra y varias piezas de ropa.

Llegó a Mazatlán, pidió trabajo en el puerto. Estuvo allí un tiempo. Vivía en un cuartito, donde apenas había espacio para él. Al final de cuentas no le gustó esa vida y volvió a subirse al tren.

La segunda vez nunca la ha podido olvidar. Era de madrugada y detrás de los matorrales varias personas esperaban.

Milenio
Foto: Milenio

José platicó toda la noche con un muchachito de 16 años. El joven estaba deseoso de comenzar su nueva vida. Quería llegar a la frontera y cruzar al otro lado. Se imaginaba con muchos dólares, una casa, esposa hogareña y unos hijos corriendo por el parque. Se contaron sus sueños. Se mantuvieron despiertos el uno al otro.

A eso de las cuatro de la mañana escucharon el sonido retumbante de la fiera. Sintieron que la tierra debajo de ellos se movía y se levantaron de un golpe. Sin pensar en nada dieron un brinco, pero el joven del sueño americano no pudo subir. Lo vio correr por unos segundos, después desapareció.

El destino lo llevó a Tijuana. Allí descubrió su amor por el alcohol. Conoció a Minerva, la cajera del super. Se hicieron novios y al mes ya vivían juntos. Tuvieron dos hijos, Marcela y Gerardo.

José trabajó de mula unos meses, para mantener a los niños pequeños. Pasaba la mayor cantidad de droga que le fuera posible ocultar. Se fajaba las bolsas amarraditas con cinta y en una ocasión se las llegó a tragar. Al recordarlo el miedo le brota por cada poro de la piel.

“Me temblaba todo antes de cruzar, nomas pensaba en entrar y salir…ah y en la cheve que me tomaba en la cantina cerca de la casa”.

El tiempo fue pasando y el alcoholismo lo abrazo por completo. Minerva decidió dejarlo, no soportaba su vicio y el riesgo de ser mula.

Trabajó en un bar, pero terminaron por echarlo. Se tomaba más alcohol que los clientes. Fue barrendero, atendió un abarrotes y trabajó de guardia de seguridad. En ningún empleo logró quedarse más de tres meses. Vivió casi en la miseria. No tenía para rentar un cuarto y un hombre que conoció en una borrachera le prestaba su almacén para dormir. Dos cobijas, una almohada vieja y varias cajas eran su cama.

El día que la madre de sus hijos le dio la espalda por completo fue cuando volvió a rodar por las vías.

Llegó a Hermosillo y aquí se ha mantenido intermitente. Cada vez que tiene el dinero de un pasaje va a donde viven sus hijos y platica con ellos.

Ahora se le notan los años. Tiene la barba blanca sin rasurar desde hace un mes. Cejas poco pobladas, arrugas alrededor de sus ojos, pestañas rizadas, el cabello entre blanco y castaño ya creció y no tiene forma.

“No me siento viejo, pero si me canso muy rápido”.

Un pick up muy tempranito se estaciona en el callejón al lado de la fábrica abandonada. Se despiertan todos, levantan sus cosas y cargan con ellas durante el día. Pelean por alcanzar un lugarcito en ese carro.

Se van a los campos en el poblado Miguel Alemán “La doce”. Es trabajo por un día. Si terminan de pizcar muy tarde, allí duermen entre costales o recargados en un árbol.

“Hay noches que, si me entra miedo porque a varios de aquí les han quitado todo, hasta lo que traen puesto”.

Ya cumplió más de un año en Hermosillo. Vive de los trabajos esporádicos. No tiene nada seguro. Las ruinas de la fábrica son su casa y la de muchos migrantes más. Entre todos se apoyan, pero a veces también se chingan. Aquí está su tren de vida.

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